Anatomía de un despertar
- Cynthia Zarraga Saladrigas
- 8 jul
- 5 min de lectura
Hubo una época en mi vida en la que todo parecía estar en orden. Vivía en Barcelona, una ciudad que me había adoptado con su luz suave y sus inviernos que nunca terminan de ser invierno. Estaba casada, había construido una estructura que desde fuera parecía estable, y me preparaba para convertirme en madre con esa mezcla de ilusión y miedo que nunca se confiesa del todo. Cualquiera habría dicho que mi vida seguía un guión lógico, yo también lo creía. Hasta que el verdadero giro de la historia no fue externo, sino interno.
El día que nació mi hija, el mundo no se vino abajo por cansancio ni por hormonas ni por la típica crisis existencial postparto que todo el mundo menciona con ligereza. Se vino abajo porque, en el instante en que la sostuve en mis brazos, algo se abrió dentro de mí con una fuerza que no pedía permiso. Su piel pequeña, su olor, su absoluta vulnerabilidad activaron un recuerdo que mi cuerpo había guardado durante años con una disciplina casi quirúrgica. Yo había sido abusada en mi infancia, y lo había olvidado. O, mejor dicho, lo había encapsulado en algún rincón profundo donde la mente no pudiera tocarlo, aunque el cuerpo sí lo recordara.

No regresó como una escena completa con principio y final. Fue primero una sensación densa en el estómago, una presión antigua en el pecho, una incomodidad que no tenía explicación racional. Después vinieron imágenes sueltas, fragmentos, una certeza que no necesitaba pruebas porque el cuerpo no negocia la verdad. Recuerdo estar sentada en la cama, con ella dormida sobre mí, y sentir que el suelo se abría bajo mis pies mientras mi vida seguía aparentemente intacta a mi alrededor. Yo seguía siendo esposa, seguía siendo madre reciente, seguía cumpliendo con todo. Pero por dentro había empezado un terremoto silencioso.
Durante semanas funcioné en automático. Cambiaba pañales, daba pecho, sonreía en fotos familiares, y por dentro intentaba comprender cómo era posible que la vida pudiera ser tan luminosa y tan oscura al mismo tiempo. Me invadía una mezcla de rabia, vergüenza y una tristeza tan antigua que no tenía lenguaje. Lo más desconcertante era descubrir que muchas decisiones de mi vida adulta —en el amor, en la forma en que me posicionaba, en lo que toleraba— podían haber estado influenciadas por una herida que yo ni siquiera sabía que existía.
No hubo un momento heroico ni una iluminación cinematográfica. Hubo miedo, hubo negación. Hubo días en los que pensé que tal vez estaba exagerando, porque recordar implica responsabilidad y eso dolía mucho. Cuando sabes de dónde viene el dolor, ya no puedes justificarte diciendo “yo soy así” o “esto me pasa siempre”. Empiezas a ver el hilo invisible que conecta tu historia con tus elecciones, y eso descoloca.
Lo que me sostuvo no fue la fuerza, fue el amor. El amor por esa niña que respiraba tranquila sobre mi pecho. Mirarla era entender con una claridad brutal que yo jamás permitiría que alguien la tocara, la callara o la hiciera sentir pequeña. Y en ese mismo pensamiento apareció la pregunta que cambió mi dirección: ¿por qué yo sí me he permitido seguir pequeña? No fue un juicio, fue un despertar. Si yo estaba dispuesta a protegerla con todo mi ser, también tenía que empezar a proteger a la niña que yo había sido.
Ahí comenzó el trabajo real. No el trabajo romántico, no el de las frases inspiradoras que se comparten con filtro bonito, sino el trabajo incómodo de sentarse frente a la propia historia. Empecé terapia. Empecé a leer desde otro lugar. Empecé a permitirme sentir lo que durante años había anestesiado. Hubo momentos en los que experimenté una desconexión física muy clara, como si desde el ombligo hasta las rodillas mi cuerpo no estuviera completamente habitado por mí. Era una sensación difícil de explicar, como si esa parte hubiese quedado congelada en el tiempo, esperando que yo volviera a buscarla.
Fue en ese proceso, cuando ya no podía fingir que todo estaba bien pero tampoco sabía exactamente cómo recomponerme, que encontré la sanación de útero. No fue una moda ni una curiosidad espiritual. Fue una necesidad visceral. Recuerdo la primera vez que me permití entrar en ese espacio con apertura real. Algo se reorganizó dentro de mí, y no fue mágico en el sentido fantasioso; fue profundamente corporal. Por primera vez en mucho tiempo sentí que mi cuerpo dejaba de ser un territorio fragmentado. La reconexión no fue solo emocional, fue física. Sentí presencia donde antes había vacío.
Con el tiempo comprendí que mi sexualidad había estado atravesada por capas de miedo, culpa y desconexión que yo normalizaba sin darme cuenta. La sanación de útero no solo me ayudó a integrar memorias, sino que me permitió experimentar, por primera vez, una relación sana con mi sexualidad. No desde la exigencia, no desde la validación externa, no desde el deber conyugal, sino desde la conciencia. Descubrí que mi cuerpo no era el escenario de un pasado doloroso, sino un espacio vivo capaz de placer, de límite y de elección. Esa reconciliación fue uno de los actos más poderosos de mi vida adulta.
Mi matrimonio no se rompió en ese instante. De hecho, durante años intenté integrar mi proceso interno dentro de la estructura que ya existía. Pero cuando una mujer abraza su sanación de verdad, inevitablemente cambia. Y no todo el mundo está dispuesto a cambiar al mismo ritmo. El divorcio vino tiempo después, como consecuencia natural de un trabajo personal profundo. Yo ya no podía sostener discursos viejos sobre mí misma ni aceptar dinámicas que antes justificaba. Esa historia merece su propio capítulo, porque no fue una guerra, fue una evolución desigual.
Mirando atrás, entiendo que el punto de inflexión no fue el recuerdo en sí, sino la decisión de no volver a enterrarlo. El trabajo interno no me convirtió en una versión perfecta de mí misma. Me convertí en una versión honesta. Aprendí que el pasado puede explicar nuestras reacciones, pero no tiene derecho a gobernarlas eternamente. Aprendí que la sanación no borra lo vivido, pero transforma la forma en que habitas tu cuerpo y tus relaciones.
Hubo un día, tiempo después, en el que observé a mi hija jugar en el suelo del salón y sentí algo nuevo. No era euforia, era coherencia. Una sensación tranquila de estar alineada con mis decisiones. Comprendí que cada sesión de terapia, cada límite puesto, cada conversación incómoda, cada práctica de sanación no solo me reconstruía a mí, sino que modelaba una narrativa distinta para ella. Yo quería que creciera viendo a una mujer que no se queda atrapada en la herida, aunque la herida haya sido real.
Si algo puedo decir con certeza es que vale la pena hacer el trabajo interno, incluso cuando al principio parece que solo abre más preguntas que respuestas. Vale la pena atravesar la incomodidad de recordar para recuperar partes de ti que creías perdidas. Vale la pena reconciliarte con tu cuerpo hasta sentir que vuelves a habitarlo por completo. Porque cuando una mujer deja de sobrevivir desde la fragmentación y empieza a vivir desde la integración, algo se reordena en toda su vida.
A veces me preguntan cuándo decidí cambiar de verdad. No fue en un escenario ni en un taller ni en una declaración pública. Fue en una habitación silenciosa, con una bebé dormida sobre mi pecho y un recuerdo que me obligaba a elegir entre volver a cerrar los ojos o empezar a abrirlos del todo. Elegí abrirlos. Y aunque el camino ha sido profundo y a veces incómodo, puedo decir que fue ahí donde comenzó mi verdadera libertad.
-Cynthia Zárraga
Arquitecta de mi SER

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